EL
VÍNCULO SECUESTRADOR - SECUESTRADO :
UNA MIRADA DESDE EL SECUESTRADOR
Autores:
Magda
Yanira Camelo Romero
Daniel,
el revolucionario convencido
Nuestro primer sujeto de
estudio pertenece a un grupo guerrillero de amplia historia y tradición en los
límites selváticos del sur de país, especialmente en los departamentos de
Meta, Caquetá y en el sur del Tolima. En la estructura general de su discurso,
se observa una profunda identificación con los ideales de la lucha a la que se
adhirió desde su infancia, afianzada por sus lecturas y su formación
intelectual dentro de la cárcel. La actitud del sujeto frente a la investigación
fue siempre de colaboración, aunque sus elaboraciones absolutistas no permitían
cuestionamientos de fondo a la ideología que sustenta el accionar guerrillero.
Más aún, con sus disquisiciones, Daniel muchas veces pretendió mostrar fallas
en el discurso psicológico de la investigación. Las charlas transcurrieron
siempre en un marco de cordialidad y nuestra presión fue sutil a la hora de
obtener algunos datos que el sujeto se negaba a proporcionar. Con todo, la mayoría
de los vínculos que el sujeto estableció antes de alzarse en armas constituyen
un período oscuro, puesto que fue renuente a hablar sobre sus afectos
desligados de la ideología propia de su grupo subversivo.
En líneas generales, la
elaboración discursiva de Daniel es coherente, si bien es también absoluta y
cerrada : fundamentado en ella pretende dar explicación a todo, tanto a
los fenómenos sociales como psicológicos. Por su estructura, la adhesión del
sujeto a su ideología se asemeja a la de un creyente con su fe. No se exigen
pruebas, ni se piden justificaciones, la ideología es el cuerpo que da sentido
a todo el universo psicológico de nuestro sujeto. Dentro de la organización
guerrillera como tal, alcanza un cierto nivel de mando, y está a cargo de una
comisión cuyo objetivo es recoger fondos que sustenten la lucha armada. Así,
el sujeto, aunque asume jurídicamente sólo los nueve secuestros por los que
fue condenado, en su discurso deja entrever que cometió muchos más. Es un
especialista en realizar acciones de "retención", como él las
denomina. Su compromiso con la organización continúa siendo firme, único e
incuestionable : el vínculo que le une a la ideología, y gracias al cual
es parte de un colectivo, predomina sobre cualquier otra consideración emotiva.
Él es, ante todo, un guerrillero. Como datos generales, cabe anotar que el
sujeto fue condenado por secuestro, rebelión y asesinato, delitos por los
cuales debe pagar una condena de 25 años, de los cuales ya ha cumplido 15. Fue
encarcelado cuando tenía 19 años. En el momento de la entrevista cuenta con 34
años.
Los vínculos
primarios del sujeto se definen por un entorno hostil y precario, propio
de las zonas rurales y deprimidas del país. Hijo de una familia de desplazados,
el entorno familiar muestra las características propias de la costumbres
violentas que definen la expresión del afecto en estas regiones del país.
Daniel ingresa a la guerrilla a una edad temprana, con lo que su funcionamiento
afectivo empieza desde muy temprano a desarrollarse ligado a las normas de
convivencia propias de los colectivos alzados en armas. Su testimonio corrobora
las apreciaciones teóricas (ver Sánchez,
1990) que aseguran que convertirse en guerrillero y tomar las armas es una opción
tan válida como dedicarse a las labores del campo, especialmente en las zonas
del país en las que la guerrilla mantiene una relación simbiótica con la
comunidad.
En términos generales, los
conflictos psíquicos propios del desarrollo de los primeros años, que se
caracterizan por la búsqueda de una solución satisfactoria para la dicotomía
amor-odio de todos los vínculos con objetos de amor, fueron resueltos por el
sujeto desplazando la agresividad hacia la figura del Estado-Padre desvalorizado
y el afecto hacia la Organización totalmente idealizada. El vínculo con la
madre se muestra débil y poco desarrollado, no existen referencias efectivas a
que Daniel haya establecido una relación fuerte y satisfactoria con su madre.
Los vínculos externos del sujeto comienzan con el inicio temprano de su vida erótica
y afectiva, al lado de una muchacha algo mayor que él, en una zona
"liberada" por la organización a la que ayudaba pero aún no pertenecía
del todo. Este primer momento idealizado es abruptamente roto por la aparición
de los estamentos represivos del Estado y tras la tortura y posterior asesinato
de su compañera embarazada durante una incursión militar a la zona donde
habitaba, el sujeto, incapaz de elaborar el duelo constructivamente, crea una
forma defensiva que él mismo denomina "odio moral" que ratifica sus
dos desplazamientos iniciales y lo hace empuñar efectivamente el arma. El duelo
así establecido sirve como defensa contra la culpa por no haber detenido el
asesinato.
Todos los vínculos de amor del sujeto se encuentran signados por este duelo inconcluso. Las relaciones que el sujeto establece con su nueva familia, su esposa y sus hijos, son verdaderas en cuanto pretende asumir su rol de padre y protector, pero no busca la cercanía de sus seres amados, en los términos que Bowlby (1976) propone. Como el único sentimiento de comunidad que conoce es el que lo une a la guerrilla, es incapaz de expresar su afecto con una conducta que busque la compañía. Además, el único vínculo total y absoluto que el sujeto establece es el que lo une a la ideología, que lo define como guerrillero aún después de 15 años de presidio. Con el discurso de la organización a la cual pertenece a establecido una identificación absoluta, a la cual subordina cualquier otra información proveniente del mundo exterior. La consecuencia principal de este hecho es la necesidad psíquica del sujeto de negar la emotividad del otro, incluído su sufrimiento, que se hace evidente en todos los vínculos que Daniel funda a través de la ideología, especialmente el que se establece durante el secuestro.
Daniel establece el vínculo
en el secuestro a través de la ideología, utilizando especialmente las
armas de racionalización que el discurso marxista-leninista le provee para
investir al otro en la relación de objeto. Para él, el secuestrado es un
"burgués" cuyos sentimientos no son nada comparados con los del
"pueblo" que la lucha armada busca defender. En el escenario del
secuestro, sin embargo, el secuestrador debe hacer uso de mecanismos de defensa
que le permitan sostener su vínculo primordial con la ideología. El
secuestrado, por su parte, busca una figura de autoridad que le asegure protección
y de la que requerirá cercanía. Desde su realidad interna, el secuestrado
asume un rol, marcado por su situación de desamparo. Al mismo tiempo, atribuye
un rol a otro, el rol de protector o de liberador. Esta atribución de roles está
marcada por la ideología y la identificación básica del guerrillero con su
grupo social no le permite asumir en términos reales el rol que su víctima le
impone. Por su parte, el secuestrado no realiza la atribución de rol como la
haría en otra situación de su vida, en la que no estuviera en constante
amenaza.
Marcado por este sino de in -
comunicación, que se define por la imposibilidad de asumir el rol que el otro
atribuye, el vínculo en el secuestro no se fundamenta en identificaciones
verdaderas, porque no hay aceptación de roles. Existe una disociación en el yo
del victimario que busca evitar que se movilicen afectos reprimidos y que se
comprometan sentimientos verdaderos en el vínculo. Los aspectos disociados son
a) la identificación del plagiario con su ideología, un vínculo totalitario
que abarca al secuestrado ; b) la realidad interna del sujeto, que no debe
ser tocada bajo ninguna circunstancia.
De estas premisas se define
una suerte de "tipología" que le permite a un sujeto convertirse en
un secuestrador dentro de la guerrilla. La configuración psíquica de los
secuestradores está íntimamente unida a los ideales de la lucha armada y,
desde allí, establecen una preparación que, a través de racionalizaciones y
disociaciones, les permita ignorar los sufrimientos del "retenido". En
este caso, Daniel es capaz de observar fría y distantemente las reacciones de
los secuestrado que ha tenido a su cargo, y aunque da cuenta de su propio dolor,
es incapaz de identificarlo con los sentimientos del otro. Sobre esta base se
establece una relación de doble manipulación, tanto la víctima como su
victimario se "miden" en el escenario del secuestro para obtener sus
objetivos disimiles : uno el rescate, el otro la libertad.
Tenemos entonces que el vínculo
que se establece a lo largo de la situación del secuestro es un vínculo
falso, concepto que representa el principal aporte de esta investigación,
y que definimos como tal en tanto presenta las siguientes características :
·
La
comunicación que se establece entre ambos componentes de la relación objetal
primordial (que subyace al vínculo) se encuentra interrumpida por una fuente de
"ruido", es decir, de distorsión, que para este caso, es la ideología.
El
objetivo que se persigue al establecer el vínculo entre ambas partes es
alcanzar "otra cosa", con la que se ha establecido un vínculo
real.
Por
las condiciones propias en que se establece el vínculo, no existe una
asunción real del rol que el otro atribuye como parte de la relación
objetal. El resultado, en términos de conducta, es la indiferencia, como
producto del fracaso de la identificación.
El
mecanismo defensivo básico del victimario es la disociación, que le
permite establecer una relación falsa con su víctima sin movilizar sus
afectos reprimidos. En la conciencia, esta disociación se engrana con la
racionalización que justifica la acción y no le permite a la culpa, en
tanto reacción emotiva, aflorar.
El
mecanismo defensivo básico de la víctima es la identificación proyectiva,
que busca generar una identificación real del secuestrador con el
sufrimiento.
La
relación vincular se vivencia como una actuación, con lo que esto implica
en términos espaciales y temporales. Es un juego de manipulación y engaño.
En términos coloquiales, el vínculo que se establece en el secuestro es la
relación entre dos mentirosos.
Este vínculo falso se hace
evidente en la dinámica que Daniel estableció en un secuestro particular.
Primero, se observa que la ideología representa un "cedazo" por el
que la realidad pasa y se transforma. A partir de ahí, toda la conducta del
plagiario se sustenta en los mandatos de su organización, que inmovilizan
cualquier tipo de reacción emotiva.
El sujeto no tipifica como un
psicópata, puesto que es capaz de construir vínculos verdaderos o falsos según
sean las condiciones de cada situación en particular. Al establecer este tipo
de dinámica "selectiva" en sus vínculos, busca mantener su
estabilidad interna, que se mantiene siempre sobre la identificación con la
ideología a la que pertenece. En términos psicológicos, Daniel concuerda
perfectamente con la descripción de los secuestradores duros, los especialistas
del secuestro. El vínculo falso que rige su forma de relación con la mayoría
de los secuestrados es la expresión de mecanismos defensivos psicopáticos que
preservan las cargas emotivas reprimidas dentro del inconsciente del sujeto. En
tanto guerrero, asume la soledad que provocan los vínculos falsos convencido de
que tras el "Armagedón" que llevará a la destrucción del estado
burgués, su vida será absolutamente mejor y feliz. Pero para llegar al Paraíso,
se debe pasar primero por un período de expiación. Y el dolor, propio y ajeno,
que allí se genera puede ser escamoteado gracias a la fe.
Santiago,
el intelectual armado
El segundo sujeto analizado
es un individuo amable, alegre y abierto al diálogo. Es bastante popular dentro
del círculo carcelario y, por su narración, se deduce que su paso por varios
penales le ha enseñado todos los "trucos" de la vida en prisión. A
pesar de que no parece una persona agresiva, puede llegar a serlo si tiene la
necesidad de defenderse en un medio hostil. No es un secuestrador experto, sus
actividades dentro del M - 19, movimiento guerrillero al que perteneció desde
la adolescencia, eran de corte político e ideológico y no se relacionaban con
acciones armadas. Como parte de un proyecto disidente, luego de la desmovilización
del eme, su estructuración ideológica no se limita a una sola corriente de
pensamiento, está enfocado en la construcción constante de un discurso ecléctico
en el que quepan todas las posturas posibles, una actitud heredada de los
ideales de lucha del eme. De la misma forma, su conducta está cargada de los
simbolismos que regían las acciones bélicas de la organización a la que
pertenecía antes de la entrega de armas, en 1991.
El medio dentro del cual se
desarrolla Santiago le marca un camino que él considera una opción de vida.
Está inmerso en la izquierda progresista que se abrió paso en las
universidades públicas tras el triunfo de la revolución castrista en Cuba.
Santiago fue uno de lo muchos jóvenes universitarios que entendían como
injusticia social las desigualdades en la distribución de la riqueza y, como
consecuencia, terminaron por alzarse en armas. Los nuevos grupos insurgentes que
empezaron a surgir con este caudal de intelectuales revolucionarios propuso una
nueva filosofía y una nueva metodología para hacer la guerra. Así surgió,
entre otros, el M -19, inspirado en una versión idealizada de la filosofía de
Bolívar de unidad continental y oposición "anti imperialista".
Santiago pronto hace suyo el
plan final del movimiento, que se fundamentaba en una visión alejada de los
ideales tradicionales de izquierda. Lo que encontró en el discurso de la
organización fue un constructo laxo que buscaba alianzas dentro de todos los
grupos de la población y que exigía de sus adeptos la misma profesión de fe
que cualquier otro cuerpo totalizante. En el imaginario del sujeto, la ideología
de eme era clara y perfecta, no así su estructura militar, a la que no duda en
cuestionar. Además, el eme fue un movimiento que fundamentaba su cohesión
interna en la identificación de los miembros con los líderes y no con las
ideas. Este fue el aspecto que más acercó a Santiago con el grupo guerrillero.
A sus 33 años, tras cumplir 6 años de una condena de 25, todavía considera
que los ideales que defendió un día sólo pueden consolidarse a través de las
armas y por eso no se imagina fuera de una revolución.
Los vínculos
primarios del sujeto estuvieron marcados por una dicotomía entre los
"liberales - buenos" representados por el padre y los "godos -
malos" representados por la madre. Los sentimientos de amor y odio propios
de toda relación familiar quedan separados tajantemente, sometidos a la división
mítica del mundo infantil de Santiago. Además, el sujeto reseña una fuerte
identificación con la figura idealizada del padre. Este proceso se extiende al
hecho de asumir como propias características del padre, que son evidentes al
establecer contacto con el sujeto : su simpatía y amabilidad son un
reflejo del vínculo que todavía lo une con el padre. Igualmente conserva de la
figura paterna los ideales propios de una generación de intelectuales que
buscaban salvar a todos los desprotegidos, en un afán altruista que se explica
por la necesidad de proyectar en el afuera los sentimientos agresivos que se
generan contra las figuras de autoridad de la infancia.
Los componentes agresivos de
la relación edípica se encuentran aquí proyectados en la figura del Estado -
Padre de orientación derechista. El vínculo con la madre, de otro lado,
aparece marcado por la dualidad entre los sentimientos amorosos y agresivos, que
se derivan de las actividades conservadoras y la filiación política de ella y
su familia. Santiago abandona la casa materna para irse a vivir con las tías,
hermanas del padre, en una acción que puede leerse como el desplazamiento del vínculo
con características edípicas fuera de la tríada habitual (padre, madre,
hijo). Las malas relaciones con la madre se reelaboran y son luego el fundamento
que justifica la división mítica de su mundo : todo lo malo en su vida
parece tener un nexo con la madre. Luego del divorcio de los padres, el sujeto
toma partido por el padre y ratifica su identificación con los rasgos
contestatarios de su actividad política.
Los únicos vínculos
verdaderamente emotivos que el sujeto evidencia en su historia se limitan al núcleo
familiar. En contraste, Santiago parece incapaz de establecer lazos de este tipo
fuera del círculo cerrado de su familia. Sus relaciones amorosas están muy
ligadas al estereotipo "hippie" del amor libre y sin compromisos, lo
que demuestra su incapacidad para relacionarse con los individuos que le
atribuyen roles. Su postura intelectual frente al amor da cuenta de una
racionalización que justifica su forma impersonal de establecer los vínculos
eróticos, además que expresa un componente narcisista en la personalidad del
sujeto. Diferencia en el mundo los amores necesarios de los militantes y,
mientras vivencia los segundos con la distancia emocional que le proporciona la
ideología, su único amor necesario está inmerso en la culpa que no puede
elaborar en sus vínculos cotidianos. Enamorado de una mujer que encarna el
estereotipo "godo" que odia nuestro sujeto, establece con ella un vínculo
condenado a la tragedia tras una reelaboración culpable al corte de Romeo y
Julieta, en la que el juego de odio y amor se encuentra escindido y no consigue
un camino de reparación en el inconsciente. Santiago es incapaz de asumir la
ambivalencia propia de las relaciones de amor, el afecto y el odio son
absolutos. Sobre esta división mítica se instaura la ideología, que sirve
además para explicar racionalmente todas las emociones.
Santiago asume el secuestro
dentro de la óptica que ha hecho suya gracias a la identificación con los
ideales del eme. Inclinado desde siempre por la vida militar e identificado con
los ideales paternos de "lucha social", la búsqueda de un
conglomerado revolucionario comienza bien pronto en su vida de adolescente. Tras
un primer contacto con otro grupo guerrillero, el eme lo "busca" y lo
selecciona como uno de los elegidos. De ahí en adelante, la historia del sujeto
se desdibuja en la historia de la organización, con la que se siente totalmente
unido. Al principio, por la juventud del sujeto y sus compañeros, muchas de las
actividades de entrenamiento dentro de la organización se entendían como un
juego y los resultados que se obtenían eran asumidos como un triunfo en una
confrontación absoluta. En la medida que Santiago asciende dentro de la
estructura jerárquica del movimiento, ratifica su proyección de los
sentimientos agresivos en el mundo externo, lo que le permite identificarse
todavía más con la historia del eme. Sobre esa identificación "histórica"
comienzan a surgir todos los demás vínculos que lo unen con el mundo exterior.
Las nuevas relacionas que establece como parte de su trabajo "diplomático"
en Europa fueron entendidas como un medio para obtener posición política y no
tenían un fin en sí mismas.
El enemigo de Santiago en su
lucha era aquel que le delimitaba la organización. Sin embargo, en la
cotidianidad se desdibujan las fronteras del enemigo, quien termina convertido
en un individuo "malo" que se comporta "mal" según una
cierta medida establecida por la organización. El secuestro aparece aquí como
expresión de una guerra comunitaria del tipo "Robin Hood", pues al
quitarle a los "ricos" que se portan mal se asegura un espacio para
los "pobres". Si bien el eme se especializó en secuestros
espectaculares, también se preciaba de no secuestrar masivamente, sino de
extraer sus recursos de negocios legales, cuyo capital inicial se obtenía, eso
sí, de este tipo de actividades revolucionarias (secuestros, boleteo, etc.)
Para Santiago, el nuevo movimiento del que pretende ser "miembro fundador" se convierte en el nuevo parapeto de seguridad tras la desmovilización del eme, proceso que no pudo asumir constructivamente. Como grupo en formación, esta disidencia se plantea el problema de la financiación y asume las mismas premisas que los demás grupos armados : se puede secuestrar a los malos, a los burgueses, para que con su dinero ayuden a pagar la lucha por la liberación.
Incluso el sujeto elabora
desde esta premisa el secuestro de un tío materno, quien fue "bien
secuestrado" porque tenía ese tipo de personalidad "godísima"
contra la que lucha Santiago. Sin embargo, a pesar de la racionalización
constante del delito y de la asunción de la validez de la "retención",
nuestro sujeto reconoce un conflicto entre sus principios y el secuestro como
acción en sí. Ya que los ideales a los que se ha adscrito no son impositivos
ni radicales, resulta que su identificación con ellos es una ratificación
narcisista de su propio yo. Los conceptos que Santiago defiende están basados
en unos preceptos de "libertad, igualdad, fraternidad" que contradicen
la situación denigrante que vivencia la víctima en el secuestro y que él dice
reconocer. Sólo la fe en el llamado revolucionario le permite establecer una
distancia en la relación con su víctima. Santiago reconoce que se le está
atribuyendo un rol y sabe que no puede asumirlo, por lo que debe ejercer un
control racional sobre la situación para no ceder.
Para terminar, podemos decir que tenemos aquí un sujeto que se ajusta a las características descritas por Knutson (citada por Meluk, 1998) para los secuestradores blandos, y los rasgos narcisistas de su personalidad nos permiten ubicarlo dentro del "Síndrome de Ícaro". No tolera bien la frustración y sus vínculos son altamente defensivos, para evitar comprometer emociones que se traduzcan en sentimientos dolorosos. La forma en que establece su vínculo con la secuestrada es una muestra de lo invasivo de su mundo interior, que no le permite identificarse plenamente con el sufrimiento del otro, aunque lo reconoce y sabe de su existencia.
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Jueves, 15 de Marzo de 2007